Si le preguntásemos a un profesional de la televisión qué es la tele-basura, probablemente nos diría que lo que hacen los otros profesionales, porque nadie reconoce que hace basura por mucho que apeste su programa. En esto, también  es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

¿Pero qué es realmente la basura? Basura es lo que apesta, lo que hiere y molesta nuestro olfato intelectual, moral y estético. Nadie es basura ni nada es basura por sí mismo. Depende de la intención y el tratamiento. Un programa no es basura porque aparezcan friquis, ni porque se dedique a hablar del corazón, ni porque intente remedar la realidad, como los reality-shows.

Se puede hablar de los famosos y no hacer basura. Se puede uno acercar respetuosamente a los raros, a los distintos, a los que se salen de lo común, y no hacer basura. El feísmos y la caspa, que generalmente se identifican con la peor basura, no son basura en sí, pueden ser un género. Porque, como ya he dicho, nadie es basura, depende de cómo se le presente y se le trate.

Se puede recrear la realidad en una casa-plató y no hacer basura.  Gran hermano, que para muchos es sinónimo de basura, no es basura; en principio, es una gran idea televisiva que ha revolucionado la televisión actual. Puede ser basura cuando se manipula el experimento. Si no, es un observatorio de la condición humana, aunque ya bastante contaminado con el uso y abuso. No es la vida en directo, porque la vida no es eso, pero sí es una ventana para observar a nuestros semejantes en unas condiciones determinadas; es decir, sometidos al control permanente de las cámaras y confinados en un espacio.

A veces lo que llamamos basura nos da más información del ser humano que cualquier tratado psicológico o sociológico. Por ejemplo, El juego de tu vida. Para los que no lo han visto nunca, se trata de un programa donde van una serie de personas anónimas que se someten a un cuestionario de veintiuna preguntas que deben responder con la verdad. Previamente se les ha sometido a un interrogatorio de doscientas preguntas bajo el control del polígrafo. Es el polígrafo, en definitiva, el que determina si las respuestas de la persona que juega son verdad o mentira. Si el concursante responde con la verdad a las veintiuna preguntas se lleva un premio de cien mil euros. Si dice una mentira, según el veredicto secreto del polígrafo, lo pierde automáticamente todo.

Pues bien, este juego que roza la peor basura, se convierte en una fuente de conocimiento del ser humano de gran valor. Las veintiuna preguntas seleccionadas -que el concursante responde ante la mirada de algunos de sus seres más cercanos y presuntamente queridos- ponen en evidencia la gran mentira en la que vivimos la mayoría de los seres humanos: nuestras infidelidades, nuestras perversiones íntimas, nuestras miserias y nuestros vicios más inconfesables. Al programa llegan parejas aparentemente modélicas que salen poco menos que divorciadas cuando una parte descubre que la otra no es ni mucho menos como aparenta, que la engaña, que no la quiere tanto como dice, que no le gusta tanto o incluso que la odia.

Aquí hay tomate fue durante mucho tiempo  el paradigma de los programas basura. Y lo era. Pero no porque criticara a los famosos, sino porque manipulaba la información, mentía interesadamente y engañaba a la audiencia vendiéndole humo la mayoría de las veces. Formalmente, era un buen programa y yo le reconoceré siempre el mérito de derribar una frontera. El Tomate democratizó un poco más la información y vino a acabar con una casta de intocables: los famosos. Hasta entonces, salvo contadas excepciones, de los famosos sólo se podían hacer elogios. Eran una casta mitificada de la que sólo se contaban sus supuestas grandezas, nunca sus miserias.

El Tomate vino a ponerlos en su sitio, a bajarlos del pedestal, a humanizarlos, a descubrirlos con sus muchas miserias, con su egolatría, con su narcisismo, con su maldad de niños mimados que se creen con derecho a pisotearlo todo y a destrozarles la vida a los que viven a su alrededor. Eso fue un mérito del Tomate. No era un programa basura precisamente por eso. Lo era por lo que ya he dicho: por la manipulación interesada, por la mentira, por la venta de humo.

Porque eso es realmente la basura: manipular, mentir, engañar a la audiencia, darle gato por liebre, crearle falsas expectativas, llevarla arteramente a nuestro terreno para que crea lo que a nosotros nos interesa que crea, para que odie a los que a nosotros nos interesa que odie, para que aplauda lo que a nosotros nos interesa que aplauda.

Por ejemplo, basura, y de la peor, es la exposición pública que se hace de algunos personajes, como la Campanario o la Pantoja,  exagerando sus defectos y silenciando sus virtudes, para ponerles a la audiencia en contra. Se les quema diariamente en esa hoguera de las vanidades, que es la televisión, sólo porque dan audiencia o porque el Canal (o algún presentador, co-presentadora o colaboradora) tiene cuentas pendientes con ellas. También es basura y de la peor cuando se hace al revés, cuando se presenta a un personaje engordando sus virtudes y silenciando sus defectos porque al programa y al canal en cuestión le interesa que así sea.

La basura no es exclusiva de ningún género ni de ningún formato. La hay en todas partes: en los telediarios cuando manipulan la información en beneficio de algún grupo político o de presión, en las grandes entrevistas que le lavan la imagen a personajes más o menos despreciables, etc. En cualquier programa, por muy serio o respetable que parezca, si hay mentira, manipulación, impostura, fraude, demagogia, populismo, no lo duden. Pueden decir, sin miedo a equivocarse: aquí hay basura.